Boadella cabalga de nuevo (2006/11/07)

BOADELLA CABALGA DE NUEVO

Hace dos años, cuando trajo El retablo de las maravillas, decía Albert Boadella que andaba dándole vueltas a un Quijote inspirado en su generación del 68: una generación idealista frustrada porque el dictador murió de viejo y en la cama, dejándoles con una revolución sin hacer. El resultado, En un lugar de Manhattan (2005), no tiene nada que ver. En sus propias palabras: “El mundo cervantino que conocí de niño, de joven, ya no está; nuestra generación y las posteriores se han cargado los restos y las ruinas del espíritu quijotesco que todavía imperaba en España. De hecho, a alguien que hoy practicara esa moral le encerrarían en un frenopático. (…) El sentido de la dignidad, del honor, del espíritu caballeresco con las mujeres, perder el tiempo por causas inalcanzables, determinar lo que es el bien o lo que es el mal, el pudor… La gente no da importancia a la dignidad, y no digamos al honor. Ya no existe la dignidad. Además, está ese sentido individual, ese punto de individualidad del mejor anarquismo”. Buscando el cielo de su generación Boadella encontró las goteras, y eso es lo que nos cuenta: un par de fontaneros locos irrumpe en medio de un escenario para arreglar una gotera cuando una compañía de teatro está ensayando una versión ultraposmoderna del Quijote. A partir de aquí “Els Joglars” ofrecen una inteligente confrontación entre el quijotismo imposible y una realidad de farsa farisea: empiezan ridiculizando las vacuas pretensiones del arte experimental y autorreferente, y luego la propia sociedad, una sociedad desarticulada, desnortada, donde la delgada superestructura inducida de lo políticamente correcto ha sustituido a toda convicción moral. Es entonces cuando vemos cómo se ríe Boadella (“tengo una facilidad pasmosa para tocar las narices a mis adversarios y ponerlos histéricos”) del imaginario progresista: del léxico psicoanalítico, del lobby gay, de los desmanes nacionalistas, del síndrome de Estocolmo con respecto a la inmigración y el mundo islámico, del pacifismo (y el terrorismo) en estados armados hasta los dientes, de la pérdida del lenguaje verbal que padecen las sociedades tecnológicas, de las terapias orientalistas con que aspiramos a encubrir nuestra ansiedad y nuestro vacío… El espectador se entrega agradecido a esta catarsis que le permite reír a mandíbula batiente de lo que a diario le aplasta en un mar de hipocresía melindrosa. Pero no hay que llamarse a engaño: por debajo de esa risa está el inestable equilibrio de las placas tectónicas que configuran la sociedad, nuestra sociedad, en un momento ideológicamente frágil. El mensaje: la fragilidad puede ser muy peligrosa.

Diario de Cádiz, martes 7 de noviembre de 2006, pág. 16