Berliner Luft, Luft, Luft (2009/11/23)

Berliner Luft, Luft, Luft

                Este otoño me he traído de Berlín el sabor del vino caliente con canela, un sombrero fantasioso y dos hojas de sus parques. De los festejos de la caída del muro me he traído una extraña sensación de vacío. Mauerfall. De la noche a la mañana todo el escenario de nuestra niñez y juventud, la guerra fría, se vino abajo. Veinte años después estábamos allí, dispuestos a comulgar con la historia ante las mismas puertas de Brandenburgo. A pesar de la lluvia; a pesar de que ver, lo que se dice ver, lo hacíamos a través de una pantalla. No es que saliera mal la Fiesta de la Libertad. Es que vivida a pie de obra no tuvo ningún “feeling” (y éramos decenas de miles de personas). Cierto que el repertorio escogido por Barenboim era poco euforizante para un espíritu latino: el preludio del “Lohengrin” wagneriano, el aburrido Schönberg, un Beethoven discreto, un Goldman prescindible. Los discursos de los líderes mundiales, profesionales, edificantes y sensatos. Preciosa la metáfora visual del dominó, y dignos de una fiesta barroca los fuegos artificiales. Pero curiosidad no es lo mismo que emoción. Lo hablo con mi hija y me cuenta que sus compañeros alemanes han vivido estos fastos del Mauerfall como algo organizado por y para la Unión Europea, porque en Alemania el sentimiento nacional, nacional(ista), es algo demonizado y reprimido. Y es que el 9 de noviembre es una fecha contradictoria: ese mismo día, en 1938, fue la noche de los cristales rotos, y la negra sombra nazi sigue planeando en un país donde, lo mismo que en España, ondear una bandera de la patria es sospechoso. Por eso se incluyó en el repertorio musical la pieza de Schönberg “Un superviviente de Varsovia”, por eso suscitó críticas la elección del “Lohengrin” ario. Debe ser triste no poder sentirse de vez en cuando alemán entre alemanes de manera inocente, o acaso sólo infantil (los niños no es que no sean culpables). Vivimos en una cultura conmemorativa cuyos festejos tienen siempre una intención pedagógica: se trataba de escenificar la reunificación de la Europa democrática, del occidente libre. Pero toda celebración es un rito que opera sobre el sentimiento de unidad de un grupo social. La frialdad que pudimos percibir se debía a que no se puede celebrar una unidad abstracta y lejana (la del ente occidental) sin apelar a la unidad concreta y próxima (la de una ciudad y un país). O sí se puede celebrar, pero sin emoción. La única nota cálida la puso Plácido Domingo cuando cantó “El aire de Berlín”, y todos coreamos el estribillo “Berliner Luft Luft Luft…”. No éramos un ente nacional, sino un pack de turistas. Este otoño me he traído de Berlín una hoja roj

Diario de Cádiz, lunes 23 de noviembre de 2009, p. 11.

a de arce y una hoja amarilla sin nombrar.