Ángeles hápax (2009/11/09)

ÁNGELES HÁPAX

                Había pensado hablar hoy de lo que es un hápax, que el diccionario define como una palabra que aparece o se documenta una sola vez en una lengua, bien porque sólo aparece en un texto, bien porque sólo la usa un autor. Viene del griego “hápax” (“una sola vez”) “legómenon” (“lo dicho”). Y me disponía a contarles algún ejemplo célebre, como el que Mallarmé se inventó para que le rimase un soneto: “Ptyx”, que no significa nada pero, por el contexto en que está, se deja relacionar con Ptah (el dios egipcio que ejerce de alfarero divino), y, de modo más amplio, con el sentido de “mágico o sagrado”, porque rima (en francés) con palabras de raíz también griega como Phénix (Fénix), onyx (ónice) o Styx (Estigia). Curiosamente, Estigia es el nombre de un río del Hades, el más allá de los griegos. Curiosamente porque estos días en que he andado merodeando por el concepto de hápax resulta que mientras tanto, insistentemente, han ido muriendo padres de amigas: Alberto, el padre de Magdalena; Jesús, el de Paloma; Antonio, el de Marta… También, en la Facultad de Filosofía y Letras, se ha recordado esta semana a un alumno de Historia, un muchacho que murió el verano pasado en un accidente de moto: Pedro Jesús Rodríguez Díaz. Cuando uno está ahí, haciendo bulto cariñoso para consolar vagamente a los vivos, se da cuenta de que cada uno de esos difuntos es un hápax: una vida única e irrepetible, algo que no sabemos qué significa,  pero sin duda relacionamos por el contexto (el dolor de sus seres queridos) con lo mágico y sagrado. Una vida preciosa como el ónix, mortal como la Estigia, que quisiéramos volver a encontrar, igual que resucita el ave Fénix. Uno no sabe nunca qué decir al que llora. Que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar. Que a las aladas almas de las rosas. Que tanto amor, y no poder nada contra la muerte. De pronto, en un libro de Rafael Pérez Estrada, leo lo que he estado viendo en los ojos de Magdalena, de Paloma, de Marta, de la madre de Pedro Jesús: “Cree el ángel en su inocencia que hay hombres de la guarda”. Porque es verdad que “Los ángeles amorosos se dicen entre sí: ‘hombre mío, hombre mío’”.

Diario de Cádiz, lunes 9 de noviembre de 2009, p. 7.