Amig@s para siempre (2006/02/28)

AMIG@S PARA SIEMPRE

La lengua, una de las asignaturas a la que más asco tienen los alumnos, es fuente inagotable de reflexión y sorpresa. Más allá del juego de palabras (Erasmus, Orgasmus), un filón de humor es la inadecuación entre la situación y el estilo: un alcalde andaluz que manda a un catalán un escrito rematado con un “Ozú, quedarse ustedes con Dios”, o un mindundi que busca sus chapines. Hilarante es también el uso inadecuado y la deformación de cultismos, desde el chiste de Arniches (“-¿Qué le pongo, cerveza u gaseosa? –Me es homogéneo”) hasta la María feliz de tener un hijo “uterino” en la Diputación. Con la lengua se escurre divinamente el bulto. “Se ha caído el jarrón”, dice el niño con alevosía impersonal, como si el jarrón pudiera reflexivamente suicidarse. “No creo en la fidelidad sino en la lealtad  a tu pareja”, explica quien echó o echaría gustoso una cana al aire. “Hemos decidido democráticamente cortar las clases”, te comunican con cara de 1812 los estudiantes, como si el calendario docente hubiera de someterse a votación unilateral. Cuando un colega se niega a barajar la palabra “fraude” e insiste en el comodín de la “disfunción”, sabes que pinta el As de Vaselina. Un campo lingüístico fascinante es el de la lucha contra la violencia simbólica en pro de la igualdad de la mujer, porque es indiscutible que la discriminación se agazapa en el lenguaje. Por ejemplo, en el hecho de que sea el masculino el género que sirve para todo: “el hombre” es “el ser humano” de cualquier sexo, género o inclinación, mientras que “la mujer” es ella misma. Las alternativas son dudosas. Buscar términos colectivos (la gente) a menudo es poco natural o imposible. La arroba internáutica y bienpensante es cursi. Duplicar el discurso (los/las personos/personas) es un engorro, y la lengua tiende a la economía. Sin embargo, me sorprende constatar que para mi hijo de diez años la duplicación es lo normal. Si le pregunto cuántos hermanos tiene Jorge me dice que dos. Si le digo: “¿no tenía también una hermana?”, me responde: “tú me has preguntado cuántos hermanos, no cuántas hermanas”. En ese momento intuyo lo que significa un salto generacional, un cambio cualitativo en la visión del mundo. Ah, pero mi hijo no se habla con las niñas, no vaya nadie a pensar que es mariquita, palabra que circula sin que la seño lo sepa, controle y elimine. Me pregunto qué va a ser de estas criaturas, tan ideales de la muerte, cuando nuestro sistema educativo consiga eliminar la lengua, que es la morada de su ser. Pero no me preocupo para nada, o sea, porque sólo es una disfunción. Y yo no tengo nada contra l@s mud@s, ¿vale?

Diario de Cádiz, martes 28 de febrero de 2006, pág. 15