Acoso a domicilio (2006/01/10)

          ACOSO A DOMICILIO

Yo, Moi Lindo, amo de casa, sé que todos, menos el cartero, llaman dos veces.

Primero fueron los pedigüeños. Yo daba limosna, o no, hasta que vino Soraya. Explicaba que pesaba sobre ella una orden de desahucio. Gemía confesándose madre de tres hijos, separada y sin recursos, muerta de vergüenza por verse obligada a mendigar. Se me encogió el alma y vacié mi exigua cartera. Al cabo de un año reapareció y me comporté del mismo modo. Cuando se lo comenté a mi mujer me llamó cretino y me dijo que me habían tomado el pelo. Un año después volvió Soraya. Pese a mi recelo y falta de empatía, se obstinó en representar la misma escena. Soy pacífico y cortés, pero me puse a mirarla como desde fuera, y de repente me di cuenta de que, en medio de sus hipidos y sollozos, ella se estaba dando cuenta y también me miraba por detrás de los ojos con una frialdad estremecedora. Cuando acabó su función le insté sin acritud a buscar trabajo honrado y cerré mi puerta sin remordimiento. Volvió a la carga un mes después, como para cerciorarse de si allí seguía habiendo pardillo. Me sugirió mi mujer que me comprase una placa de plástico y la esgrimiera sin compasión: “Policía”.

Luego están las sectas, que en principio no piden tu dinero sino tu alma. Me dan lástima esos muchachos que de dos en dos te dejan dípticos donde pone que “El mundo es injusto, pero pronto terminará tanto sufrimiento”. Me pregunto qué dosis de miedo, inocencia o ignorancia sostiene su fe. No tengo corazón para desengañarlos, así que me quedo con el folleto y, si vuelven por él, mando a un hijo que se lo reintegre. Mi mujer, más pragmática, saca buche de tórtola de Trento y dice: “Lo siento, soy católica”.

En las encuestas por teléfono he aprendido ya a hacerme el birmano y el sordo, por no ser grosero. En cuanto a los vendedores, ayer pasó por mi casa una pareja comisionada por una gran editorial. Querían endosarme una enciclopedia en un billón de plazos. Regalaban un sillón (¿o un millón?) de orejas. Otro argumento: la Reina Doña Sofía había alabado la obra. Educadamente aduje que ella no es mi asesora. Lo mismo pude declararme republicano o, como sugiere mi mujer, ausentarme con una excusa, poner la sintonía de “Psicosis”, y reaparecer con ojos desorbitados empuñando un cuchillo jamonero. Pero yo sé lo difícil que está la vida. Los vendedores a domicilio son también criaturas de Dios. Como el mosquito anofeles o el agua pesada.

En fin, cuando asumí mi rol de desempleado en mi hogar nunca calculé que iba a ser objeto de tanto deseo de lucro. O tempora. O mores. (O sea: vaya, vaya).

Diario de Cádiz, martes 10 de enero de 2006, pág. 16