A Fulano, con amor (libros saldados) (2005/11/22)

A FULANO, CON AMOR

          Sería curioso un estudio de la condición humana a partir de las dedicatorias de los libros. Coleccionamos firmas de escritores (como fetiches que guardasen su magia personal) para nosotros o para nuestros hijos, con la ilusión de sentir que un genio tuvo nuestro ejemplar entre sus propias manos. Podrá ser que para cuando lean nuestros hijos ese libro ya no viva su autor, ni nosotros tampoco, y quizá se emocionen pensando que hicimos una larga cola (afrontando la vergüenza de importunar a un extraño) por una pintoresca mezcla de megalomanía y amor. Al otro lado está el que firma un libro: el famoso que condesciende con paciencia profesional, consciente de que su grandeza es el producto increíble de incontables y mínimos sumandos lectores; o el escritor novel que rebosa felicidad porque alguien se le acerca reverente a pedirle un autógrafo.

En una tercera dimensión está el insospechable destino de los objetos. Conservo un libro por el que su autor recibió el primer premio de una fecunda trayectoria poética. Recuerdo que me lo dedicó completamente borracho, en sentido figurado y literal, con una efusividad que hoy me inspira ternura, un poco de lástima retrospectiva y también una ironía privada, viendo las ínfulas que gasta el ex-efusivo antiguo muchacho. Tengo asimismo un volumen que esconde una secreta infamia: una novela espléndida dedicada por un andaluz ya fallecido a otro a quien consideraba amigo suyo. Este ejemplar tan cariñosamente dedicado lo compró mi marido en un puesto de saldos cuando aún vivían ambos escritores: el recipiendario traidor no se molestó siquiera en arrancar la página manuscrita, por no restarle valor material (es más caro un ejemplar dedicado) o porque quedase prueba fehaciente de su violento desprecio (fruto malvado de su envidia, quién sabe). Conozco a un señor que comprobó en Buenos Aires cómo un cotizado crítico español vende todos los libros que recibe sin haberlos pedido: sobre una manta porteña yace la dedicatoria (con señas incluidas) de un escritor al que tú conoces, y que un día envió su libro, orgulloso y suplicante, al poderoso mandarín que inmisericorde lo saldó. Y te ves en la piel de tu amigo despreciado, al que jamás infligirás el dolor de saberlo, y también en la del crítico perseguido a todas horas por obsequios indeseados (incluso indeseables) que, de leerlos, le robarían lo único de lo que es dueño un hombre: su tiempo. Es difícil la ecuanimidad en el juicio, pero la prudencia te sugiere dos corolarios categóricos: a) no babosear jamás con dedicatorias a nadie; b) no poner en circulación libros dedicados que delaten la debilidad humana. Por decencia y por si acaso.

Diario de Cádiz, martes 22 de noviembre de 2005, pág. 16