Misión imposible: en busca del “original” perdido (Crónicas cervantinas, 7)

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CRÓNICAS CERVANTINAS, 7.

MISIÓN IMPOSIBLE: EN BUSCA DEl “ORIGINAL” PERDIDO

 Luis Iglesias Feijoo, catedrático de Santiago de Compostela, explica cómo se editaba a principios del siglo XVII

Ana Sofía Pérez-Bustamante

 Sueña el filólogo con la edición perfecta, que es la que reconstruye un texto original respetando la voluntad y criterio de su autor. Para explicar lo difícil que puede llegar a ser este sueño vino a Cádiz Luis Iglesias Feijoo, experto en bibliografía y crítica textual: lo que se llama ecdótica.

            Cuando Cervantes quiso publicar la historia de su ingenioso hidalgo se asoció con Francisco de Robles, “librero del Rey nuestro Señor”, que fue quien puso ocho mil reales para hacer una tirada de unos 1500 ejemplares, que eran las expectativas de un best-seller por entonces. Lo más caro de todo era el papel. En números y a manera de ejemplo, de 8000 reales, 4000 iban para papel, 2000 para el trabajo de la imprenta, y unos 1600 para el autor.

            No se podía editar sin autorización, y el proceso de censura era doble: primero el autor hacía llegar una copia en limpio de su obra al Consejo Real de Castilla, para que los censores le dieran el visto bueno. A esta copia, que solía hacer un amanuense profesional, se le llamaba “original”, y sobre él hacía luego el autor las últimas enmiendas a mano. Con la licencia y privilegio concedidos, la copia manuscrita se llevaba al taller de impresión. Una vez compuesto el libro, se enviaba una copia al Consejo para que comprobara que el impreso se correspondía con el manuscrito aprobado: esto era lo que originalmente se denominaba Fe o Testimonio de las erratas.

            Para ponerlo a la venta, el libro debía llevar su “tasa” o precio legal, que se determinaba al peso. En el caso del Quijote, cada ejemplar constaba de 83 pliegos, a tres maravedís y medio cada uno, 290 maravedís y medio una “edición en rama”, sin encuadernar. (La encuadernación era un trabajo aparte.)

            Entre el visto bueno del Consejo, expedido el 26 de septiembre, y el Testimonio de erratas, dado el 1 de diciembre, tenemos que el cuerpo del Quijote (la novela en sí, excluyendo licencias y preliminares) se compuso en dos meses. La tasa se expidió el 20 de diciembre de 1604, pero el editor puso en portada la fecha de 1605 por el mismo motivo que se hace hoy: para que el libro aparezca como novedad a principios de año, y no salga al mercado con fecha caducada.

            Como la tasa se gestionaba con el tocho ya impreso, resulta que hay constancia de variantes en la primera edición del Quijote: unos pocos ejemplares (40 o 50) llevan una tasa impresa en Valladolid, que es donde se tramitó porque allí se estableció la capital del reino entre 1601 y 1606, y es de suponer que se distribuirían entre compromisos navideños. El grueso de la edición, en cambio, lleva una tasa impresa posteriormente en Madrid, en el taller que regentaba Juan de la Cuesta, que fue el impresor contratado por Robles. Entiéndase que, aunque difiera la página con la “Tassa”, la edición es la misma, porque durante la época de la imprenta manual (ss. XV a XIX) una misma edición podía contener variantes.

            Componer en una imprenta manual era un trabajo de micos. El cajista iba configurando el texto letra a letra, sacando con pinzas uno a uno los tipos de los compartimentos de una caja y disponiéndolos al revés (en espejo) en un molde de metal que luego iba volcando sobre un marco (la galera). El margen de error y despiste era grande. La prisa con que se hizo, mucha, y las erratas del primer Quijote, centenares.

            Restituir un “original” impoluto es casi imposible, porque no se conserva la copia en limpio que sería considerada “original”. El amanuense corregía por su cuenta la ortografía, gramática y puntuación. El autor guarreaba aquel manuscrito con sus cambios finales. El regente de imprenta volvía a normalizar los usos, según sus criterios; y luego había un conjunto de cajistas (se cree que tres) que tenían fácil equivocarse, tanto al interpretar el original como al escoger y disponer los tipos.

            La unidad de trabajo tipográfico no era la página sino la cara de un pliego (“forma”) que entraba en la plancha de impresión manual, que incluía, en nuestro caso, 4 páginas (el pliego se doblaba 2 veces y daba 8 páginas, 4 en el haz y 4 en el envés). El regente de la imprenta calculaba a ojo cuánto texto cabía en cada página, y las planas se iban componiendo en un orden que se correspondía con la plancha. No era un orden correlativo (1, 2, 3, 4), sino la disposición anterior al plegado y corte (por ejemplo, 1, 4, 13, 16). Nunca se llegaba a ver un libro “compuesto” con todas sus planchas a la vez, porque los tipos eran muy caros y había que reutilizarlos continuamente. Lo que se hacía era componer, imprimir, y revisar el texto impreso correspondiente a una cara de pliego, y luego deshacer y empezar a componer la otra cara, con las mismas letras. Podía suceder que, tras componer una forma e imprimirla, el corrector de la imprenta se diese cuenta de que había erratas: entonces se paraba la impresión y, una vez enmendados los errores detectados, se seguía imprimiendo. Los impresos que habían salido con erratas no se desechaban, por no desperdiciar papel.

            La crítica textual intenta restituir el original a sabiendas de que los ejemplares de una misma primera edición pueden contener variantes en cada cuadernillo. El ideal sería disponer de todos los ejemplares del primer Quijote, pero, suponiendo que la tirada fuera de 1500, los que conservamos son solo 26. A estudiarlos y cotejarlos se ha dedicado el equipo que dirige Víctor Infantes de Miguel, catedrático de la Complutense.

            A día de hoy estamos muy lejos de la edición “perfecta” del Quijote. Piensen en que ni siquiera sabemos cómo pretendía Cervantes titular originalmente su novela, porque en el papeleo de trámite el título que consta es “El ingenioso hidalgo de la Mancha”. ¡Quién iba a decir que el Quijote sería internacionalmente conocido por la única palabra que Cervantes, tal vez, ni siquiera escogió!

Diario de Cádiz, domingo 31 de julio de 2016, p. 58.