De Cervantes a Clint Eastwood, en la oración de la noche (Crónicas cervantinas, 9)

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CRÓNICAS CERVANTINAS, 9

De Cervantes a Clint Eastwood, en la oración de la noche

El coronel Luis Solá Bartina diserta en el TEAR de San Fernando sobre “Cervantes, soldado de la mar”

Ana Sofía Pérez-Bustamante

El 7 de octubre, festividad del Rosario, es también el aniversario de la batalla de Lepanto. En este contexto tuvo lugar, dentro del ciclo que promueve la Real Academia Hispano Americana, una jornada cervantina organizada por el Tercio de Armada, al mando del General de Brigada Antonio Planells Palau.

            Lo primero fue una visita al Real Observatorio de la Armada (ROA), que es el centro que coopera con sus relojes atómicos en la fijación de la Hora Universal Coordinada (UTC) y establece la Hora Oficial de España. No sé a ustedes, pero a mí me impresiona pensar que la Real Isla de León, heredera del viejo Krónion de los fenicios, custodia nuestro Tiempo.

            Lo que fuimos a ver fue la colección de Quijotes de su biblioteca. La joya de la casa es el Quijote de Sancha, el otro gran impresor (junto a Ibarra) del siglo XVIII: se trata de una edición en octavo de ocho tomos con prólogo y notas de Juan Antonio Pellicer que vio la luz en 1798. Este Quijote “de bolsillo” procede de la biblioteca personal del comandante Francisco P. Márquez.

            Tras la visita tuvo lugar la conferencia del coronel de infantería, licenciado en Historia, Luis Solá Bartina, titulada “Miguel de Cervantes, soldado de la mar”. Y es que últimamente se ha suscitado una cierta disputa con respecto a qué tipo de soldado fue Cervantes y sobre qué cuerpo ha de recaer su gloria.

            El ejército de la Monarquía Hispánica fuera de la Península Ibérica se organizó como ejército profesional, a la manera de las legiones romanas, desde 1534-1536: ese es el significado de los tercios, grandes unidades de tipo más bien administrativo, adiestradas fuera de España, con una estructura que desde la ordenanza que dio Felipe II en 1560 se estableció en 3000 soldados repartidos en diez compañías. En la práctica el número fue variando según la necesidad y posibilidades.

            Para alistarse había que “sentar plaza” o, lo que es lo mismo, firmar un contrato por el que el capitán de una compañía se comprometía a pagar al recluta, a cargo de las arcas reales, una determinada soldada. El soldado se lo costeaba casi todo: las armas se las suministraba el tercio pero se le descontaban de la paga. No había uniforme propiamente dicho, pero a los españoles, que gustaban de adornarse con plumas y cintas, se les conocía como “papagayos”.

            Cervantes, que había ido a parar a Italia en 1569, se alistó en 1570 como soldado bisoño (inexperto). Lo de “bisoño” viene del italiano “fa bisogno” (es necesario), que era la frase para hacer constar el número de soldados que hacían falta en una compañía. El sueño de Miguel, visto que no conseguía colocarse de secretario de algún noble, era llegar a capitán.

            Era la época de los preparativos que hacía la Santa Liga (España, Venecia y el Papado) contra el Imperio Otomano. Como soldado Cervantes podría haberse estrenado en el socorro de Chipre (1570). Con seguridad estuvo en la famosa batalla de Lepanto (1571) a bordo de la galera Marquesa, en la compañía de Diego de Urbina dentro del tercio de Miguel de Montcada. La única victoria en que participó Cervantes, aparte de costarle la mano izquierda, fue una carnicería: de un total de 84.421 hombres, resultaron muertos o heridos 61.000 en solo seis horas de combate. Las aguas del golfo quedaron literalmente teñidas de sangre. A cambio se liberaron 12.000 esclavos cristianos, el botín fue fastuoso y la victoria fue celebrada por un ejército de poetas y escritores como “la más alta ocasión que vieron los siglos”.

            Los siglos duran poco. Dos años después el turco consiguió por la vía diplomática lo que no obtuviera con las armas, la Liga se deshizo y la gran victoria no sirvió para nada.

            Posteriormente Cervantes participó en otras operaciones en el tercio de Lope de Figueroa, compañía de Manuel Ponce de León, escuadra de Álvaro de Bazán: las de Cérigo (Cythera), Modón (Methoni) y Navarino (1572), Túnez-La Goleta (1573) y en el socorro de Túnez (1574). En 1575 pidió licencia para regresar a España, con los informes que lo avalaban para solicitar del Rey el nombramiento de capitán. Pero ya de regreso, a bordo de la galera Sol, fue apresado por los corsarios berberiscos, que tenían un pingüe negocio de atracos y secuestros.

            Tras cinco años de cautiverio en Argel (1575-1580), durante los cuales protagonizó cuatro intentos fallidos de fuga, Cervantes volvió a España en 1580 y fue otra vez soldado, “sirviendo al Rey” en Portugal (1581) y en las Azores con don Álvaro de Bazán (1582 y tal vez 1583). Para entonces el eje de la política naval española había abandonado el Mediterráneo para trasladarse al Atlántico.

            En fin, la carrera militar de Cervantes se desarrolló siempre en tercios de infantería española de carácter naval, luchando tanto a bordo como en los desembarcos a tierra. Un soldado de mar. Esto es lo que a partir del siglo XVIII se conocería, con otra nomenclatura, como infantería de marina. Lo que, en Estados Unidos, sería un marine: fuerzas especiales anfibias. Qué curioso, mezclando fechas y terminologías, pensar que nuestro escritor más hondo, ingenioso y universal fuera algo bastante similar (mezcla de realidad y de ficción) a lo que hoy sería Clint Eastwood.

            La jornada en el cuartel del TEAR terminó con la ceremonia solemne de arriado de bandera. En la Armada el día termina cuando se arría la bandera. Se reza la oración de la noche: “Tú que dispones de cielo y mar, / haces la calma, la tempestad. / Ten de nosotros, Señor, piedad, / piedad, Señor, Señor, piedad.” Silencio. Oscuridad. Clarín. Taconazo. “Buenas noches, mi general comandante. Realizado el arriado de la enseña nacional, solicito permiso para retirar la bandera”. “Permiso concedido. Buenas noches”.

            Seguía oliendo a la pólvora de las salvas. Y era antiguo y espectacular.

Diario de Cádiz, 29 de octubre de 2016, p. 50.