Andrés Trapiello y los lectores póstumos del Quijote (Crónicas cervantinas, 10)

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CRÓNICAS CERVANTINAS, 10.

ANDRÉS TRAPIELLO Y LOS LECTORES PÓSTUMOS DEL QUIJOTE

                                                                                      Ana Sofía Pérez-Bustamante

Tonterías aparte, casi nadie lee hoy el Quijote. Según una encuesta del CIS, en 2015 sólo un 20% de los españoles encuestados decían haberlo leído entero, pero gran parte mentía, puesto que pocos acertaban a decir cómo se llamaba en verdad Don Quijote, y menos aún Dulcinea. En una clase de 4º de Filología Hispánica yo pregunté a mis alumnos quiénes lo habían leído y de unos 40 largos resultó que solo tres: dos de ellos eran Erasmus extranjeros y lo habían leído porque era obligatorio en sus respectivas universidades, y el tercero era un español que lo había leído cuando se fue de Erasmus a Liverpool (o quizá fuera a Plymouth), porque allí también era obligatorio.

Moraleja: parece que quienes leen el Quijote son mayormente los extranjeros, y lo hacen para conocernos a nosotros. ¿Qué pasa con nosotros? Pues pasa lo que explica el mexicano Andrés Gallardo en un cuentito que dice así:

LA LECTURA PÓSTUMA

“Digno es de mencionarse el caso de don Lizardo Barría, en lo que concierne a la planificación lectora. Don Lizardo tomó un día un ejemplar bien empastado de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, dijo “ésta será mi lectura póstuma” y se dedicó a otras lecturas, a otras urgencias.

Pasó el tiempo. Llegó el momento de la muerte. Don Lizardo, hombre justo y entero, la recibió con dignidad. Tomó su libro, dijo, “ahora, a leer con calma”, expiró tan campante y dejó a sus deudos sumidos en sentimientos encontrados.”

Esta es la clave: los españoles somos un pueblo de lectores póstumos.

En este punto aparece un español que se ha propuesto cambiar las cosas: Andrés Trapiello. En 2004 publicó Trapiello Al morir don Quijote, una novela pensada y construida para echar y echando de menos a Alonso Quijano. La novela funcionó muy bien y fueron bastantes los lectores que se percataron de que echaban en falta la lectura del Quijote de Cervantes. Pero entonces resultó que a muchos de ellos la novela original, tal como se publica en España, se les atascaba: no solo es que sea muy larga, sino que está escrita en el castellano de hace cuatro siglos. Y no es fácil dar un salto tan grande hacia atrás.

Entonces fue cuando Trapiello se animó a “actualizar” la lengua del Quijote, y se pasó catorce años “traduciendo” la obra maestra de Cervantes al castellano actual, valiéndose de cuantas ediciones anotadas hay y de cuantas traducciones a otras lenguas entendía.

Esto puede parecer un crimen, pero hay que considerar que lo que leen los extranjeros es un Quijote traducido a sus propias lenguas actuales, sea el francés, el chino o el checo. Quizá sea por eso por lo que ellos sí que lo leen.

Lo que ha hecho Trapiello es lo que en su día hizo Cervantes: ofrecer una novela en un lenguaje tan natural como la lengua que se habla y se respira. Porque del siglo XVII al XXI la lengua ha cambiado: han cambiado las palabras, los modismos, los refranes, el orden de los elementos de la frase y la longitud de las frases mismas.

Un ejemplo. Estamos en la II parte del Quijote, capítulo XX, en las bodas de Camacho: la hermosa Quiteria se va a casar con Camacho porque es muy rico, olvidándose de Basilio, un amor verdadero pero pobre. Don Quijote y Sancho Panza se preguntan qué hará el desconsolado Basilio. Y dice Sancho Panza en el Quijote “de verdad”:

“-Mas que haga lo que quisiere—respondió Sancho—: no fuera él pobre, y casárase con Quiteria. ¿No hay más sino no tener un cuarto y querer casarse por las nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe de contentarse con lo que hallare y no pedir cotufas en el golfo”.

No es difícil el pasaje pero compárese con cuánta mayor fluidez se accede a la versión Trapiello:

“-Pues que haga lo que quiera –respondió Sancho-: no haber sido él pobre, y se casaría con Quiteria. ¿Qué es eso de no tener un cuarto y querer casarse por las nubes? De veras, señor, yo soy del parecer que el pobre debe contentarse con lo que halle y no pedir peras al olmo”.

Pero hay más. Hay pasajes del Quijote que no conseguimos entender ni tirando del contexto. Un capítulo antes de este que hemos citado, aparecen dos estudiantes que van también a las bodas de Camacho. Charlando sobre en qué consiste hablar bien y qué diferencias van de unos hablantes a otros, uno de ellos presume de haber estudiado en Salamanca: “Yo, señores, por mis pecados, he estudiado cánones en Salamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes”. El otro estudiante, molesto, le increpa en estos oscuros términos:

“-Si no os picáredes más de saber más menear las negras que lleváis que la lengua -dijo el otro estudiante-, vos llevárades el primero en licencias, como llevastes cola.

En este punto el lector puede optar por ir leyendo las dos prolijas notas a pie de página de la edición de Paco Rico o bien por acudir a Trapiello:

“-Si os hubiérais jactado de utilizar la lengua tanto como os jactáis de manejar esas espadas que lleváis, habríais sido el primero en la licenciatura, y no el último de la cola –dijo el otro estudiante”.

Dicho todo lo cual, creo que ustedes habrán comprendido qué edición es la que conviene comprar en Navidad para aquellos lectores póstumos a quienes ustedes aman (sobreentendiendo que la caridad empieza por uno mismo). Una vez cumplida esta gran misión, ya podrán disfrutar plenamente de la antología MicroQuijotes (2005), donde Juan Armando Epple colecciona pequeños disparates inteligentes, como el de Andrés Gallardo.

                Diario de Cádiz, domingo 04 de diciembre de 2016, p. 63.